Seguro te ha pasado. Estás en una charla de café, mencionas que lees o escribes ciencia ficción, y alguien te lanza esa miradita condescendiente. «¿No crees que es un género poco serio?», te dicen. «Eso es para adolescentes, o para gente que tiene demasiado tiempo para estar imaginando cosas».
Cada vez que me topo con ese comentario, sonrío. Toda gran obra de ingeniería, todo avance de nuestra civilización, nació primero en la imaginación de alguien. La ciencia ficción es precisamente el motor de esa creatividad; es el espacio donde proyectamos hacia dónde queremos llevar a la humanidad antes de empezar a construir las herramientas para lograrlo. Quien tiene la mente entrenada para imaginar futuros posibles es el primero en saber aprovechar los cambios del mundo real.
Para entender el verdadero potencial de este género, debemos superar esa falsa e ilógica dualidad que separa a las «letras» de los «números». Existe una creencia esnob que reserva el título de «intelectual» únicamente a las humanidades, pero la realidad es que el científico o el ingeniero posee una ventaja innegable al momento de analizar los hechos y emitir ideas: su formación le permite desarmar la realidad, entender sus mecanismos más complejos y proyectar soluciones con una base tangible. Cuando las ciencias exactas se encuentran con la literatura, aportan una estructura de pensamiento lógica y profunda. La buena ciencia ficción es precisamente el lugar donde se rompe esa dualidad, permitiendo vincular en un solo texto campos tan diversos como las matemáticas, la ética, la historia y el arte.
A menudo se critica a este género tachándolo de «literatura para adolescentes», como si eso fuera un defecto. ¡Todo lo contrario! Esa es una de sus mayores virtudes. La ciencia ficción es una puerta de entrada inmejorable para fomentar el hábito de la lectura. Seamos honestos: es mucho más fácil que un niño de doce años se apasione leyendo la «biografía» de Anakin Skywalker, o deje volar su mente con un clásico como Viaje al centro de la Tierra, antes de que logre conectar con los densos ensayos de Víctor Andrés Belaúnde o con Cien años de soledad. Pero una vez que la ficción enciende esa chispa, la curiosidad natural de los jóvenes se dispara. Esa misma mente que empezó explorando imperios galácticos terminará devorando con avidez libros de historia, filosofía o ciencia pura.
Y es justamente a través de esa fascinación que logramos introducir los debates morales más importantes de nuestra era. Plantear escenarios posibles del futuro nos hace pensar con anticipación sobre las ventajas y los dilemas que traerán nuestras decisiones. Obras como Blade Runner o Mad Max, que nos muestran sociedades futuristas tristes o colapsadas, no son simples historias de acción; son simuladores éticos. Nos obligan a reflexionar sobre la libertad, el abuso de poder y la responsabilidad partiendo de un escenario que aún no existe. Para un joven (y para muchos adultos), es infinitamente más fácil llegar a comprender estos valores cruciales partiendo de una historia que le apasiona y entiende, que a través de temas teóricos que de entrada podrían aburrirle.
Además, cuando la ficción especulativa sube la apuesta y decide meter en la licuadora ciencia, tecnología, geopolítica, guerra y economía, lo que obtienes es un simulador de civilizaciones completas que funciona exactamente como el mundo real:
- La ciencia y la tecnología establecen los límites físicos a los que la humanidad debe adaptarse, sin trucos de magia.
- La economía actúa como el combustible implacable; ninguna expedición o desarrollo ocurre sin financiamiento y cadenas de suministro.
- La geopolítica arma el tablero de ajedrez donde el control de la tecnología define qué bloque hegemónico sobrevive.
- La guerra se convierte en la prueba de fuego cuando la diplomacia fracasa, empujando a los personajes a dilemas irresolubles.
Desde mi perspectiva, combinando la investigación con mi visión católica del mundo, veo a diario que las ecuaciones matemáticas no tienen brújula moral. La ciencia nos dice qué podemos hacer, pero es este tipo de literatura la que nos obliga a sentarnos a evaluar si debemos hacerlo.
Así que la próxima vez que te digan que leer sobre alteraciones históricas, futuros cercanos o exploración espacial es «una pérdida de tiempo», no discutas. Mientras algunos siguen intentando descifrar el mundo que ya pasó, tú estás utilizando el motor de la imaginación para prepararte para el mundo que está por llegar.

Deja una respuesta